Entrevista a Olivier Roche y Cinémanouche


El cineambulante, guardianes de historias nómadas

Entrevista a Olivier Roche y Cinémanouche

Olivier Roche es guionista y autor de la novela La course, una historia de amor ambientada, y accidentada, a lo largo de la ruta del primer Tour de Francia, en 1903.
Después de pasar una década en París, vive ahora en un pequeño pueblo del Luberon, la zona de Provenza donde se crió.
Lo he conocido aquí, en la pequeña tienda de recuerdos de películas que está abierta de mediodía a medianoche, en la esquina entre la Rue de la République y la Rue Droite. Estamos en Bonnieux, un encantador pueblo de postal a cuarenta kilómetros de Aix-en-Provence. He entrado por curiosidad, como supongo que le sucede a muchos transeúntes, después de encontrarme de frente con Charlie Chaplin, o sea Charlot, mientras caminaba pegada a la pared notando el ir y venir de los coches de principios de agosto. Detrás de Charlot, tras la puerta de acceso, y en compañía del pequeño Nino ‘le Phenomene' y del gato ‘Le Grand Jacques’ (¿será en honor a Jacques Brel?), está Olivier Roche, que se ocupa con la asociación Cinémanouche de este pequeño espacio repleto de antiguos tesoros. Las paredes están llenas de carteles y vallas publicitarias: Por un puñado de dólares, de Sergio Leone; el Fellini francés de La douceur de vivre; Gina Lollobrigida en Salomón y La reina de Saba; Ben-Hur; Tintín y el lago de los tiburones; y un joven Burt Lancaster en Corsare Rouge.
Por doquier, reproducciones fotográficas, retratos de Charlie Chaplin durante el rodaje de El Circo, Fernandel en Don Camillo, Jean Gabin en Le jour se lève y encima de los estantes números antiguos de la revista Les Cahiers du cinéma. Pero la vista se va sobre las palabras de Godard que serpentean de la camiseta de Olivier a la pantalla de un viejo televisor apagado, que bien podrían reflejar l'âme de este lugar: Le cinéma c'est un arte, la télé c 'est un meuble.
Olivier me cuenta que la tienda abrió sus puertas hace cuatro años, pero que la asociación cuenta ya con trece años de existencia y nace con el propósito de llevar las películas a los pueblos de Provenza, en un momento en que, uno tras otro, cierran los pequeños cines. Una especie de cine-clubes itinerantes con breve presentación de la película, proyección, y nunca falla el debate que sigue a la visión. Las noches de cineambulante, dice, son una oportunidad para el conocimiento y el diálogo entre los sedentarios y los nómadas, le gens du voyage. Manouche o Manuche son de hecho las palabras que el francés utiliza para referirse a los gitanos en general, y a los Sinti en particular. Y son precisamente los Sinti, la etnia que más que ninguna otra se ha dedicado a espectáculos itinerantes, musicales, circenses y cinematográficos.
En sus trece años de existencia, Cinémanouche ya ha hecho escala en una veintena de pueblos: en verano en plazas y en invierno en locales. El público participa con entusiasmo, los adultos pagan tres euros y los niños entran gratis. Los miembros de la asociación se mueven con diferentes medios, dependiendo de la ruta y del destino, pero los medios de transporte de que disponen son de por sí un largometraje rodado a lo largo de caminos y culturas antiguas, viejas y nuevas fronteras. Son tres caravanas de madera: una más moderna y ligera; otra de 1927, que tiene siete metros de largo, una caravana gitana original; y la última de 1955.
Además del cine ambulante, Manouche organiza exposiciones fijas o itinerantes donde la gente puede admirar las joyas recogidas a lo largo de los años o el resultado de viajes fotográficos; la última exposición fotográfica estaba dedicada a los gitanos en Eslovaquia hoy en día. Para esta labor, Manouche no recibe subvenciones ni ayudas económicas y, a parte de la colaboración ocasional ofrecida por alumnos de la Universidad de Avignon, se basa en la pasión y la dedicación, en la voluntad de volver a proyectar películas consideradas a un tiempo populares y ahora calificadas de clásicas o de culto, y en el deseo de compartir la experiencia de las culturas nómadas.
Todo lo que nos rodea mientras conversamos se ha recogido y recuperado de viejos cines que han cerrado, de aficionados, de coleccionistas y de anticuarios. Si le pido a Olivier que recuerde una imagen que ha pasado por aquí que signifique mucho para él, me responde el viejo cartel de Roma de Fellini con la frase "¿Qué mejor lugar que Roma para esperar el fin del mundo". Añade que los éxito de ventas, o mejor dicho los que siempre son ventas, son Charlie Chaplin y James Bond, y que los verdaderos tesoros no están en venta. Entonces con mucho cuidado abre un par de cajones y me muestra un cartel de La caraque blonde de Jacqueline Audry, una película del 52 escrita y producida por Paul Ricard.
Olivier especifica que es el famoso Paul Ricard del Pastis y comienza a contar una de las muchas anécdotas por las cuales vale la pena perderse en esta tienda. En 1940, Ricard, que ya comercializaba el aperitivo no sólo en Francia sino también en España e Italia, tiene que hacer frente a la prohibición de venta de bebidas alcohólicas impuesta por el gobierno de Vichy. Decidió trasladarse a La Camargue para dedicarse a la agricultura, en particular, a los arrozales. A finales de los años cuarenta funda la productora cinematográfica Protis-Films y en el 51 , cuando el Pastis se puede de nuevo vender y le permite así consolidar su fortuna, amplia sus proyectos, inaugurando al año siguiente unos estudios de cine en Marsella, en el barrio que le vio nacer; su intención es crear un Hollywood francés. Para la ocasión, escribe y produce La Caraque Blonde, homenaje al mundo gitano que había tenido la oportunidad de conocer muy de cerca en La Camargue; pues 'caraque' en occitano significa gitana.
Otra dato curioso: una de las últimas películas rodadas en los estudios de Ricard fue Sous le ciel de Provence, en el 56, traducido al español con el título Cuatro pasos por las nubes, un remake la de Blasetti, realizado por Mario Soldati y protagonizado por Fernandel junto a un joven Alberto Sordi. Una rareza, recién llegada y de la cual Olivier se siente muy orgulloso es un viejo cartel de la película de 1936 La Bohémienne, con Stan Laurel y Oliver Hardy.
Echando la vista atrás, Olivier recuerda un niño que tenía el sueño de convertirse en escritor, y a medida que crecía entendió que un lápiz y una hoja habría sido mucho más barato que los estudios y las actividades cinematográficas; pero si mira hacia el futuro, imagina sonriendo un día que organiza un cine itinerante con nueve etapas a lo largo de Provenza y la décima, la última, en la Croisette, en la jornada de clausura del Festival de Cine de Cannes. Permaneciendo en el presente, se declara más que satisfecho de haber hecho algo que le gusta todos los días de su vida y haber tenido la oportunidad de intercambiar con el público historias del séptimo arte y de los pueblos nómadas.
Lo que le parece realmente interesante de su trabajo es conocer personas muy diferentes entre sí: la ex chica Bond; el chico español que busca objetos de Creature from the black lagoon del 54, y que ante la duda que Olivier no lo haya entendido le señala el póster de la película que se ha tatuado en la pantorrilla; Denis Lavant, el protagonista de Holy Motors.
Para Olivier Roche el cine sigue siendo un arte, un gran arte, y la única cosa que lo asusta y le preocupa "no es tanto el uso y abuso de los efectos especiales, sino la falta de imaginación, que un día la imaginación no exista.”


Text: N. De Boni
Trad. cast: Sara Delgado
Text&Foto: ©CAPgazette
Mayo 2014