El viaje de Nino y Carla

El viaje de Nino y Carla

 
“Carla y yo nos casamos en 1963. Para el viaje de novios, en aquellos años, todo el mundo aconsejaba ir a España, porque era un lugar bonito y barato. Concretamente, en la oficina, me habían hablado de Castelldefels, una localidad de la costa, un poco más al sur de Barcelona.
Ostras, le digo a Carla, ¡vayamos allí!
Como muchos italianos de entonces, yo también tenía un FIAT 600 con las puertas a contraviento; es decir, que se abrían al revés. En inglés les llamaban “suicide doors”, sin embargo, a nosotros, afortunadamente, nunca nos pasó nada. Nada grave, por lo menos.
Desde Génova hasta Barcelona, por las carreteras estatales sería un viaje largo e incómodo. Le hablo del tema a un amigo que había comprado el nuevo 600 y muy amablemente me ofrece su asiento. Sí, el asiento; entonces se podían intercambiar con facilidad, quitarlos y montarlos en otro coche. Su asiento tenía una ventaja incuestionable: estaba equipado con un respaldo reclinable, óptimo para el descanso. Finalmente salimos con el viejo 600, con puertas a contraviento, asiento extraconfort y el entusiasmo de aquella época.
La primera noche dormimos en Francia, en Niza. Recuerdo también una deliciosa comida en Marsella y la llegada nocturna en Perpiñán donde, agotado ya, encuentro una pensión. Se trata más bien de un hotelito de mala muerte, donde se alojan principalmente argelinos y Blouson Noir.
Nos proponen una habitación en el entresuelo y, para el 600, el pasillo; imagínese lo contenta que está Carla. Como si esto no bastara, a lo largo de la noche, nos despierta de repente un gran trasiego: ¡es el rápido nocturno y pasa justo detrás de nosotros!
Yo trato de tranquilizarla: “Nada grave, Carla, todo va bien”.
El día después, entramos en España y nos paramos a comer en un pueblo de la costa con un puerto bastante grande y activo, Pálamos o Palamós, si no me equivoco, donde comemos la famosa paella. ¡Buenísima! Al final de la tarde, cuando entramos en Barcelona, nuestro mítico 600 con puertas contraviento es flanqueado por un grupo de chicos en moto. ¿Comité de acogida para turistas extranjeros? No recuerdo exactamente que intenciones tenían, pero cuando les pido indicaciones para Castelldefels, me las proporcionan con gran cortesía.
“Todo va bien, Carla, falta poco.”
Superamos Barcelona y allí estamos: destino alcanzado. No me da tiempo a parar el coche que oigo a alguien llamarme: “Oh, belin, scè l’è de Zena?” - “Ostras, ¿usted es de Génova?” - (sin duda había leído en la matrícula ‘GE’). Sí, le contesto. Él también es de Génova. Puede ser que fuese un fascista huido años antes de algún apuro y llegado, quien sabe como, hasta aquel pueblo.
Total, que como buenos paisanos que se reencuentran en el exterior, celebramos con abrazos y sonrisas nuestro encuentro. Me dice que es el propietario de un hotel recién construido y nos ofrece una habitación muy grande, con teléfono y sistema de depuración de agua, característica esta última que le enorgullece mucho. Para nosotros, recién casados, una perfecta y agradable solución.
Aquella misma noche yo bajo a la playa, mientras Carla descansa en el hotel con un gran dolor de cabeza. Paseando, conozco a don Antonio, dueño de un chiringuito en la playa. Es un encuentro alegre y, según mi visión, providencial, dado que, además del clásico Fundador, me ofrece interesantes informaciones sobre Barcelona y nos consigue entradas para Barça-Santos y la corrida.
Los días siguientes visitamos las colinas que rodean la ciudad, el castillo, el Tibidabo, la Sagrada Familia y subimos también a Montserrat, siempre con el 600, sus puertas a contraviento y el asiento abatible. Recuerdo que vimos las carreras de perros: un circuito delimitado por un carril donde una liebre artificial corre como loca, y tras ella, los perros.
Gracias a las informaciones del hotelero genovés, nos enteramos que en el aeropuerto tienen una máquina de café Cimbali, que prepara el café al estilo italiano; cada día entonces, ¡una escala en el aeropuerto!
Del Barça-Santos recuerdo muy poco, en cambio la corrida sí que la recuerdo bien. Según don Antonio, el torero tenía que ser nada menos que El Cordobés, famoso en aquella época también fuera de España. ¡Una ocasión imperdible! Pero aquella vez, el gran torero, no logra matar el toro, belin, no hay manera: lo intenta una, dos, tres veces y al final lo mata entre los silbidos indignados del público.
Parece “Sangre y arena”. La pobre Carla, afectada por el espectáculo, se pone muy pálida, está a punto de marearse. Una señora que nota su sufrimiento, le ofrece en seguida un chupito de licor de anís, un verdadero sanalotodo.
No hay problema, todo va bien Carla, excepto el dolor de cabeza, claro.
Ya de regreso en Génova, busco a mi amigo para devolverle el asiento y lo encuentro preocupado.
- ¿Qué te pasa? – Le pregunto.
- Nino, ¿no has encontrado nada debajo del asiento que te dejé?
- ¿Debajo del asiento? – contesto.
- Sí, dentro del bolsillo del asiento.
- No, ¿qué había?
Voy, lo miro y ¡encuentro el permiso de circulación de su 600!
El pobre hombre estaba esperando con ansiedad que regresáramos para volver a usar su coche. En aquellos años, habría sido demasiado arriesgado circular sin documentación: si lo hubieran pillado, ¿qué policía se creería nuestra historia de intercambio de asientos?”.

Esto es, más o menos, lo que nos ha contado Nino Sanna, una noche de verano en un pueblo de montaña.
Aquellos fabulosos años 60, para nosotros, irremediablemente, en blanco y negro.


Entrevista a Nino Sanna: Paolo Gravela, Sara Delgado © CapGazette
Foto: © Carla e Nino Sanna
Traducción al castellano de Nicoletta De Boni.

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