Crimen, castigo y Dostoyevski



Crimen, castigo y Dostoyevski

(Luis Soravilla)
Rodión Raskólnikov pasa por apuros económicos y depende de una prestamista, Aliona Ivánovna, malvada, fea y vieja. Raskólnikov considera que hará un favor a la humanidad matándola y que se hará un favor a sí mismo apoderándose de las monedas que atesora la vieja justo después. La mata, ¡vaya si la mata! A hachazos. En medio de la carnicería, aparece Lizaveta, la hermana de Aliona. Raskólnikov también la mata, qué remedio. A partir de ahí, todo va torciéndose, poquito a poco, cada vez más y más, hasta que la culpa consume al asesino y se entrega a la justicia. Al final, en Siberia, buscará la redención. Muy, pero que muy por encima, éste es el argumento de Crimen y castigo, considerada una de las mejores y más influyentes novelas del siglo XIX.

Crimen y castigo se publicó por entregas, doce, en la revista El mensajero ruso, como casi todas las grandes novelas de Dostoyevski. Poco después, se juntaron las partes y se publicó en forma de libro, en 1866. Cuando Nietzsche lo leyó, traducido al alemán, exclamó: ¡Dostoyevski! ¡Qué gran psicólogo! La obra le impresionó mucho, como ha impresionado a tantos y tantos lectores desde entonces. Porque, permítanme la redundancia, es una obra impresionante.
Dicho esto, es una obra que se me atragantó infinitas veces. La tenía al alcance de mi mano, en un lugar preferente, retándome. Entonces iba yo, abría sus páginas, comenzaba a leer... y nunca llegaba a presenciar el crimen de Raskólnikov. El libro regresaba a su lugar en la estantería, apenas leído, y un servidor de ustedes regresaba a sus cosas echando pestes del ruso. ¡Pobre Dostoyevski! No tenía culpa de nada, pero no podía con él.
Conversando con una editora, acabé confesando mi mala relación con Dostoyevski. No oculté mi enfado, no sé con quién, seguramente conmigo mismo. Mis relaciones con otros grandes autores eran y siguen siendo difíciles. Así, por ejemplo, Faulkner y Kafka son a veces amados, a veces odiados, pero leídos con gran provecho. En cambio, Dostoyevski... La mujer me clavó unos ojos feroces y me dijo: ¡Léelo! Fue una orden, no un consejo, y no hubo más que decir.
Obedecí. Abrí las páginas de Crimen y castigo y comencé mi undécimo intento de lectura. Habían sido diez fracasos, diez, y no esperaba ir más allá que la última vez. Pero, de repente, Raskólnikov, hacha en mano, va y mata a la vieja Ivánovna y en medio del chas, chas, de los hachazos, supe que ya no podría parar de leer. Así fue. Crimen y castigo fue leída de cabo a rabo, sin prisas, con mucho cuidado. Pasé del crimen al castigo y sin darme cuenta, acabé en Siberia en lo que me pareció un pispás. Cerré el libro todavía consternado.
No me gusta Dostoyevski, sigue sin gustarme, aunque el verbo gustar no es el adecuado, nunca lo es cuando se lee en serio. Dostoyevski me abruma, despierta mi mal humor, ¡hasta me deprime! Intensamente, además. Y al mismo tiempo, me interesa muchísimo, me fascina. Tengo que reconocer que el retrato de sus personajes es impecable (¡Dostoyevski! ¡Qué gran psicólogo!). Este autor es mi adversario, no creo que vaya a ser mi amigo, pero no puede negársele grandeza y tras cada combate entre su escritura y mi lectura regreso a la vida con la derrota en el rostro y más sabio que me fuí. En suma, Crimen y castigo ha dejado una huella muy profunda en mi relación con los libros.
Luego vinieron Memorias del subsuelo, El idiota y Los hermanos Karámazov y qué les voy a contar. Sólo les daré la orden que recibí tiempo atrás: ¡Léanlas! Al menos, lean una de ellas.
Cuando volví a encontrarme con la editora que me ordenó leer Crimen y castigo, lo primero que me dijo fue: ¿Ya te la has leído? Pudo verme en la cara que sí. Sonrió, ladina, y me preguntó: ¿Quién te había dicho que leer iba a ser fácil?
No se desanimen: no es fácil, pero se aprende mucho y bueno.



Text: Luis Soravilla
Foto: Sara Delgado
CapGazette, Mar. 2015

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